Érase una vez al pie de un edificio de lo más bonito, como a eso de las 4:14pm se encuentra Anacleta y su fiel confidente Magdalena.
Anacleta como siempre dándole a la lengua y a la chancleta, mientras barre las mismas hojas secas suspira y solloza.
Anacleta:
Ay Magdalena si tu supieras que la.vecina la del piso de arriba, no me deja ver la novela.
¿Y eso por qué, mana? Pregunta Magdalena con la boca casi choreta.
Anacleta:
¡¿Y por qué más?! Porque la vida de ella es mejor que la novela. Me deja perpleja todo lo que a ella y al marido le pasan.
Magdalena, extrañada y chupando tamarindo como loro y parando la.oreja. Pregunta
Magdalena:
¿cómo así?
Anacleta susurrando a grito pelado:
Es que a ella la plata no le alcanza y al maridito no lo quieren en su casa, no les da para comerse una hallaca, una cachapa o una arepa recalentada.
Magdalena abre los ojos como una parapara, mira al cielo y como us destello, dice:
¡Por San Juan que te lo da! ¿A dónde irá a parar tanta desigualdad?
Anacleta aprovechando la faena, brinca en un pie y comenta:
Y eso que yo una vez por buena gente le brinde un café, ¿y tú puedes creer que después de darme las gracias, no brindó siquiera un té?
Magdalena abre y la quijada, se queja:
Menos mal Anacleta que en este mundo hay gente buena ¡como tú, como yo! Que ayudan y pasan factura.
Anacleta dándole a la chancleta, hace con la garganta un «mmmmmjmmmmm» mientras barre las mismas hojas secas.
Magdalena con el dedo metido entre muela y muela como niño que come vaca Vieja, salibea y pregunta:
¿Y alguna vez se lo has dicho, Anacleta?
Anacleta le da al cepillo y revienta
¿Tú estás loca, Magdalena? Tú bien sabes que no soy de esas, yo voy a misa los domingos, me confieso con el Padre Amareto y salgo derechita a mirar el techo, ahora que sea el de la vecina, es otro cuento.
Magdalena, cambiando de malo y de muela dice, llena de pena ajena:
¡Un padre nuestro por tu buen corazón!
Ambas se miran y en un acto de contricción, se dan golpes de pecho.
Anacleta prosigue en su melodrama y dice de mala gana:
Cada vez que la mujercita por enfrente me pasa, yo digo lo que como en casa. Un chorizo en salsa, un guiso con arroz, panquecas de dos pisos, cuatro tazas de fororo. La caja del clap y la harina pan, ¡nunca me faltan! Tengo el buche a reventar, como queso y como pan… Pero el café ¡que va! A mi nadie me lo va a brindar.
Magdalena a punta de un infarto, se pone la mano en el pecho, saca un pañuelo y se pone a llorar.
A moco suelto le dice a su amiga:
¡Ay Anacleta, el cielo te espera!
Anacleta.envalentonada, sigue tejiendo su telaraña:
Y mira chica, ella como si nada. Mira al piso y sigue de largo, espera el ascensor, se monta y me dice «un buen día, Sra mía» ¿acaso se cree mejor que yo? Me aguanto y no le doy.
Magdalena, la mira entre ceja y ceja, diciéndole a su par:
Yo que tú le dejo de hablar, es que ni la vuelvo a mirar, le corto el agua, el gas y la luz. Hasta que aprenda esa sinvergüenza que hay un Dios que todo lo ve.
Anacleta se acomoda la chancleta y por un instante se lo piensa, mueve el bigote de lado y lado. Un grano en la frente se le revienta, cuando ve que por la vereda viene la vecina que tanto la enerva.
Dice entre dientes
Voltea y disimula mula, hay viene la fufura con sus ínfulas de grandeza, con su boca de color cereza y de seguro ¡hedionda cerveza!
Magdalena hace del celular un retrovisor y dice:
Valgame Dios.
Anacleta mete la panza, sacá el pecho y se acomoda los cuatro pelos.
La vecina pasa al edificio y dice sin compromiso
«Buenas tardes, ¿cómo están?
Anacleta pega un leco
Hola vecina, tan bonita que se le ve ¡de seguro se tomó un café!
Magdalena se pega en la fiesta:
De seguro fue aguarapado y hasta brindado.
La vecina frena en seco, da un paso atrás y pregunta
¿Algún problema Doña mía?
Magdalena y Anacleta le empiezan a temblar las piernas, se tartamuedan y entre ellas, tropiezan
¡NAAAAADA! Dice Magdalena
Ni una sola cosa dice Anacleta.
La vecina calla y mira, por un instante nadie respira.
Es que cada vez que por aquí pasó, un comentario siempre alcanzó, pesco en el aire tanto odio en mi contra y todavía no me explico si algo le hice yo a usted. Mi marido le causa urticaria y eso que ni le habla, pero luego, me calmo y me digo «las indirectas la dicen las perras viejas» ¿no?
Anacleta y Magdalena asientan con la cabeza, ¿que de otras le queda?
La vecina sonríe y sigue, se monta en el ascensor y con la mano le dice, adiós.
Las dos amigas se miran y para romper el silencio, Anacleta dice
Estuve a puntito de decirle lo del café, pero tengo tanto que hacer.
Magdalena cerrando la quijada
¡Es que yo lo sé! Que se lo cobre ese Dios que todo lo ve.
Anacleta:
¿Vamos por un guayoyo?
Magdalena:
¡Pero que no sea de agua de chorro!
Anacleta:
Esta bien, yo te preparo mejor un té.
Anacleta recoge las hojas secas, agarra la escoba y pala, se va chancletando con su amiga Magdalena, caminando por la acera sin le dice a Anacleta
¿Te conté la última del jardinero? Le regale un cecinero y todavía no me lo ha devuelto.
¡Ay Anacleta, eso te pasa por pendeja!.
Moraleja:
Siempre hay alguien que de todo se queja.
CORNELIA AMOR @Cornelia_Amor