Jojo Rabbit, surrealismo e inocencia

Hablar del film  Jojo Rabbit es mirar un lado de la historia universal con otro ojo, es tocar profundamente una visión muy confitada, es saber que dentro de lo más inocente puede haber un lado oscuro que busca calor humano, lo familiar, lo paternal, lo amistoso y crear una conexión llena de cariño en un momento en que la historia se pintaba de colores crueles, fríos e inhumanos.

Se abre ante nosotros y en la gran pantalla un abanico de emociones, es como si miráramos a una enorme familia tan disfuncional y tan atípica que, se nos hace lógico entenderla y amarla. Nace naturalmente la necesidad de crear nexos con cada uno de ellos, aunque políticamente hablando, nos causen enojo e incomodidad.

Es un secreto a voces todo lo ocurrido durante la segunda guerra mundial, para algunos el holocausto fue creado por los medios, para otros,fue la peor masacre del mundo y para los mas escasos de humanidad, un chiste sectario.

Hemos visto desfilar en la gran pantalla miles y miles de películas que han tratado este tema de maneras distintas, desde la trillada “La Vida es Bella” hasta la tortura visual de casi 3 horas de “La Lista de Schindler”.

Pero en esta ocasión la gracia y agudeza del neozelandés  Taika Waititi nos hipnotiza con una visión tierna, dulce. Un kaleidoscopio de situaciones que no solíamos tomar en cuenta y es la semblanza de Jojo Rabbit.

Un niño de 10 años cuya aspiración en la vida es convertirse en la mano derecha, mejor amigo, camarada, escolta y compinche de nada más y nada menos que Adolf Hitler. El hombre menos blando de la historia, aunque esta vez, lo vemos como un amigo imaginario cuyos discursos extremistas a veces caen en lo parental y motivacional.

Un hombre brutal e inhumano que, ante la inocencia de Jojo, es un bufón, un tonto ególatra que miente descaradamente. Un afecto inseparable que llena los espacios de un padre del que, a ciencia cierta, no sabemos nada.

La representación de nuestro querido personaje es un conejo. La simbología de este animalito radica en el ciclo de la vida, la vulnerabilidad, el deseo. Es contemplación, repetición, la intuición y lo compasivo. Cualidades que poco a poco, vemos en este gran largometraje.

Jojo es un personaje peculiar y emotivo, colmado de fragilidades. Su imaginación es la manzana de la discordia de su realidad. Vive feliz en su propio rincón de conformidades, un espacio lo lleva al punto más bajo y, una vez allí aprende gradualmente, el valor del amor, de lo humano y de lo posible.

Nos enamoramos también, del arquetipo de la madre. Una Palas Atenea casi silente, cumpliendo varios roles que muestran una versión sabiamente humana, dulce como el chocolate y una rival ante los ideales de Jojo, de ella vemos lo suficiente. Tanto, que nos duele en cada una de las capas de la piel cuando entendemos que sus zapatos han dejado de bailar.

Las gamas del guión original de Watiti se pintan de miles de colores, sensaciones y emociones que nos desdoblan en situaciones tan espesas como la miel. Una joven judía encerrada esperando la salvación, una Gestapo caricaturesca, un capitán y un subalterno consumidos por una relación platónica, sin dejar por fuera a una secretaria/asistente/entrenadora ejecutando un rol difícil de entender.

Los destellos perfectos de la inocencia dibujan pequeños suspiros dentro de una era apocalíptica. Una bocanada de aire dentro de la apnea, una espina que sale, la luz dentro de la oscuridad y Jojo Rabbit más grande, más sabio y hasta más curtido por la vida. Sigue dando motivos para sonreír.

Es una perfecta ejecución llena de detalles, entre los azules, turquesas y marrones que nos llevan a lugares comunes, lo habitual y la esperanza. Los grandes espacios verdes y solitarios. Una escenografía que nos pinta una ciudad que poco a poco se fue carcomiendo por la guerra.

El soundtrack del mismo, nos muestra la masificación pop de los héroes de barro. Mientras vemos por un lado una generación perdida como la Juventud Hitleriana se adorna del famoso coro inglés “I Wanna Hold your hand” pero versión alemana.Los beatles como una oda al fanatismo visto desde lo superfluo, la estupidez humana jamás pudo haber tenido un mejor fondo musical.

Taika Waititi ejecuta de manera elegante, brillante e inteligente hacer una comedia de lo dantesco que fue la era del “FatherLand” de los nazis, de la Gestapo y del genocidio. Un guion espectacularmente bien hecho, sin exageraciones, sin clichés, sin excesos o condimentos innecesarios.

Un señor director, actor y guionista dando cátedra.

DANIELA ALAYETO

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